"Última partida."

"Última partida."
Alguna vez...lo será...

"Bajo muchos soles."

"Bajo muchos soles."
Radiante, vestida de seda.

martes, 21 de abril de 2020

Mami me contaba...

que a ella le encantaba ir a la escuela, y aunque fue poco tiempo, disfrutó de la compañía de sus amiguitas y de sus hermanos,los más grandes y algunos más pequeños. Ella sufría de asma, cuando esa enfermedad aún no contaba con tratamientos efectivos, muchas veces quedaba atrás, sentadita entre los pastos, casi sin poder respirar...entonces -decía- "la Tita se volvía y me levantaba", y así, sostenida por ella, regresaba a la casa.   
   Pero cuando la salud era buena el viaje hasta la escuela era todo un jolgorio, un permanente descubrir nuevas cosas, sobre todo los pequeños grandes milagros de la naturaleza...
   Recuerdo su descripción de los caminitos que, empeñosamente, abrían las hormigas. Con curiosidad ella seguía el trayecto, observaba sus cargas, cómo se movían, la llegada a los hormigueros. Atravesando las chacras de los vecinos, muchos de ellos pertenecientes a la parentela, como el campo de tío Pastor y tía Justina, lo de tío Quico y tía Ercilia, los Bren, los Pralong, los Lugrín, tantas familias amigas, con cantidad de niños y niñas, amigos de la infancia y adolescencia.
   La adolescencia, claro, no era por entonces lo que es ahora, ni siquiera se parecía a la mía. Mi madre y sus hermanos eran muy unidos, cinco varones, cinco mujeres. Dividían las tareas, todos ayudaban, había pobreza pero no miseria. Las frutas y verduras eran abundantes, no existían los pesticidas, pero si las mangas de langosta.¡Me maravillaban las imágenes que ella describía!!!
Dice que, de pronto, el cielo se oscurecía. Entonces todos, grandes y chicos, todas las familias salían con objetos y bolsas, tratando de ahuyentar a la manga...tarea ímproba, desesperada. Una vez que la manga se posaba sobre los cultivos no quedaba nada, sólo el dolor inmenso de haberlo perdido todo. Y había que recomenzar. 
   Muchas veces dormía casi sentada. A raíz de su asma le quedó una sensación de claustrofobia que la acompañó hasta el final de sus días. Siempre me decía: "Fijate si quedó abierta la ventana...", la sola idea de que todo estuviese cerrado la angustiaba.
   Las fiestas familiares eran alegres, con cantos y bailes. Por lo general se reunían en la casa paterna de Lucila, mi abuela, su madre. Allí vivía aún la bisabuela Francisca, inmigrante de los Alpes Suizo/Franceses, que aún hablaba en patoi algunas veces, entre risas de los nietos, que nada comprendían. El tío Quico tocaba el acordeón como los dioses, y todos bailaban en el patio de tierra, barrido hasta el cansancio por las primas, junto al galpón que aún hoy sigue en pie. Siempre me hacía reír mami cuando me contaba que el tío solía decirles: "¡bailen muchachos, bailen, que la música los lleva!". Años más tarde moriría tocando su amada acordeón, recordaba con tristeza...
   Y son tantas las historias que ella me contó, no se si podré reproducirlas a todas, ni cual será la exacta fidelidad de mi relato.

   Este es sólo el primer intento, quiero homenajear a mi madre recordando su vida, no quiero que se pierda su existencia en los abismos de la desmemoria.
   Ella sufrió la pérdida de su memoria cercana los últimos de su vida, tenía una memoria prodigiosa, admirable, una gran capacidad para el relato, para contar cuentos, un gran sentido del humor.
   Van en estas primeras líneas todo mi amor, mi reconocimiento, mi agradecimiento.


                        Te quiero mami, y no te olvido.
Y en su mágica risa anidaban ilusiones...