Llamó a su hermana con insistencia, sólo el silencio le respondió. Después un rostro desconocido se acercó, le sonrió con pena...¿era eso?, le dijo que ya vendría, que otro día, que tal vez...
Luego la rutina diaria, que aunque rutina no era suya, no le pertenecía, lo peor era no saber, ni siquiera sabía bien quién era, ni qué hacía allí.
Por el ventanal asomó la mañana, tímidamente.
En el salón una mesa larga aguardó, en silencio.
No escuchó las risas, ni las voces familiares, siguió pensando que era un error, un sueño quizá. Pero pronto lo olvidó.
La muchacha de la sonrisa tenue la acompañaba en su lenta caminata.
Frente a sus ojos se extendió una fila extensa de tazas de plástico y platillos también.
No sintió el aroma de la leche recién ordeñada, ni del pan horneado, ni del membrillo.
Tomó conciencia efímera de su dificultad para sentarse, entredientes culpó su cintura, que mal estaba.
Luego la leche apenas tibia llegó a su taza. También el pan.
Entonces vislumbró con sorpresa que no estaba sola. Una a una miró sus caras. ¿Qué hacían allí todas esas viejas mujeres? Ella no había invitado a nadie a su casa. ¿Por qué invadían así su paz cotidiana?
Las echó a todas, qué se pensaban...?
Tomó su leche, casi fría.
Acarició suavemente el babero de tela de toalla.
¿Y Usted, qué hace aquí? -dijo mirando a su compañera más cercana.
Pero lo olvidó.
Finalmente el reloj marcó las 12.
Ella no lo sabría jamás, cuatro horas exactas habían transcurrido.
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| Sin título. Obra del artista Gabriel Barbabianca. Barcelona. |
texto: mao.

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